Al comercio internacional no le gusta la niebla. Sin embargo, con la introducción el 24 de febrero de 2026 de un derecho de aduana del 10% sobre la mayoría de los productos importados en Estados Unidos, la visibilidad ha vuelto a reducirse.
Tras la invalidación por el Tribunal Supremo de las medidas basadas en la IEEPA, la administración estadounidense ha activado la sección 122 de la Ley de Comercio de 1974. La medida se ha anunciado para 150 días. Se habla de un aumento al 15%. La Unión Europea pide total transparencia y recuerda la declaración conjunta de agosto de 2025. Visto desde la oficina de un exportador, la primera reacción es obviamente de cautela. Pero demos un paso atrás. El sector de la náutica ha pasado por situaciones peores que un 10% de derechos temporales. A modo de recordatorio, algunos astilleros han tenido que hacer frente a derechos de aduana de casi el 30%.
En un contexto de normalización post-Covid, en el que la demanda se ha estabilizado, esta diferencia no es neutra. Puede preservar los márgenes, mantener los volúmenes y evitar subidas de precios demasiado pronunciadas para los distribuidores estadounidenses. En segundo lugar, esta secuencia puede servir para abrir los ojos. Desde hace varios años, el sector náutico europeo se cuestiona su dependencia de determinados mercados y cadenas de suministro. La incertidumbre sobre los precios ha actuado como un electroshock. Nos ha impulsado a diversificar las salidas, asegurar los flujos logísticos y reforzar la integración industrial.
¿Y si esta presión fomentara en realidad una forma de consolidación?
Por parte estadounidense, la National Marine Manufacturers Association señala que el 95% de los barcos vendidos en Estados Unidos se fabrican localmente, y que el sector mueve 230.000 millones de dólares y emplea a más de 800.000 personas. Los fabricantes estadounidenses también necesitan estabilidad y acceso a los mercados mundiales. Como los europeos actúan de forma recíproca, el interés por un entorno transatlántico fluido es compartido.
Así que podemos hacernos la pregunta sin pecar de ingenuos: ¿no son estos 150 días una ventana para la negociación más que un cerrojo definitivo? Si Washington y Bruselas aclaran rápidamente el marco, si se respeta el espíritu de la declaración de agosto de 2025, la secuencia actual podría incluso conducir a un marco más legible.
Un soplo de aire fresco no siempre viene de un mercado en expansión. Puede venir de una mejor organización, de la conciencia colectiva y de la capacidad de anticiparse en lugar de sufrir.
Nada está escrito en piedra. En este contexto cambiante, la capacidad de adaptación es sin duda la baza más tangible para superar esta secuencia sin (demasiados) daños.

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