Los shipchandlers no son meros distribuidores de accesorios. Son el primer punto de contacto entre la industria y los armadores. Son los que ven las señales débiles: el repunte de la actividad de mantenimiento, el auge de la electrificación, el creciente interés por las soluciones sostenibles, las compensaciones presupuestarias que hacen los clientes. También es quien acompaña el ciclo largo, cuando el navegante aplaza la compra de un barco pero sigue equipándolo, manteniéndolo y mejorándolo.
Formación sobre los productos, aumento de los conocimientos técnicos, familiarización con las nuevas gamas, comprensión de las cuestiones reglamentarias y medioambientales. Los equipos se mantienen al día, e incluso suben de gama, para responder a las necesidades de un cliente más exigente y mejor informado.
Este aumento de las competencias es estratégico para todo el sector. En un momento en que los volúmenes están bajo presión, el valor se crea a través del asesoramiento, la pertinencia técnica y la capacidad de proponer soluciones a medida en lugar de estandarizadas. Un shipchandler formado es un prescriptor. Y un prescriptor convencido es un acelerador de ventas tanto para los fabricantes de equipos como para los astilleros.
Los navegantes son más selectivos a la hora de gastar. Invierten menos espontáneamente en un barco nuevo, pero siguen manteniendo, optimizando y mejorando su unidad existente. Los astilleros están en el centro de esta lógica. Capta una actividad más fragmentada, pero regular, y contribuye a mantener la flota en buen estado.
En un sector náutico que busca formas de resurgir, el papel de los astilleros es fundamental. Apoyan el negocio del mantenimiento y la reparación, difunden la innovación, aseguran las relaciones con los clientes y abastecen al mercado posventa. Su dinamismo a principios de año envía un mensaje claro: la distribución especializada no se queda de brazos cruzados, sino que se prepara.
Nada espectacular, sólo mucho trabajo duro. Y en estos tiempos, ese trabajo cuenta.

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